¿Quién monta un videoclub o una tienda de discos en 2015?

Pues sí, haberlos, haylos. Hablamos con varios comerciantes que se decidieron a inaugurar negocios en vías de extinción hace menos de un año y en un país abatido por la piratería y por la crisis. Valientes, románticos, profesionales que, a pesar de que les tildaran de locos, confían en que el trato con el cliente y su conocimiento de música o de cine les garantice un futuro. Estos son, de verdad, los últimos de Filipinas de la cultura en formato físico

Cuando el otro día en Gonzoo publicamos un reportaje sobre el videoclub más antiguo de Madrid, se nos vino a la cabeza una pregunta: ¿cuál sería el más nuevo? ¿Quién habrá sido el último valiente capaz de emprender un negocio que parece vivir los últimos días de Pompeya? ¿Sucedería hace años o se habrán abierto videoclubes en lo poco que llevamos de 2015? Estos interrogantes nos llevaron a otros. ¿Quién fue el último mohicano en las tiendas de discos? ¿Quién inaugura hoy uno de estos negocios esperando comer de ello?

Para los que llevamos ya una buena temporada en el mundo, los videoclubes eran la puerta a otra dimensión en los años de una adolescencia sin internet. 10.000 llegó a haber en España. Hoy, quedan solo 1.000. Acudir a ellos con amigos y pasar más horas de lo que duraría la película determinando cuál sería la mejor opción para el viernes noche era un ritual mágico, en muchas ocasiones mejor que la cinta seleccionada. Lo mismo con las tiendas de discos, perder la tarde escuchando el frenético clack, clack, clack al pasar los cedés en los cajones o intentando explicarle a gritos a tu amiga que era brutal la canción que estabas escuchando en los cascos dispuestos en la pared o preguntarle al dueño qué es lo que estaba sonando y que te desplegara un árbol genealógico del género en concreto. Todo aquello se nos antoja hoy como una suerte de Nunca Jamás. Gastar la paga semanal en un disco, eso sí que era vida.

Todo esto fue antes de que las grandes superficies de venta de música, como le sucede a muchas de las grandes librerías, se convirtieran en bazares en los que se vende de todo menos discos, un objeto que pasó de ocupar plantas enteras a merecer apenas un ridículo rincón amenazado por un ejército de tazas, camisetas, agendas... Sucede lo mismo con los escasos videoclubes que se mantienen en pie, que a duras penas desarrollan su actividad reconvertidos en puntos de venta de pan caliente, golosinas y snacks. Al hilo, está bien recordar la portada que dibujó el gran Daniel Clowes para The New Yorker sobre este tema. En una librería, un señor preguntaba a la dependienta por los libros y ella le mostraba un pequeño estante en el punto más recóndito de un local lleno de juguetes y tablets.


La Ruina Films


La noticia "Abre un videoclub" o "Se inaugura una tienda de discos" podría ser hoy pasto de El Mundo Today o incluso de la prensa seria, por lo insólito. Podéis escribir esas palabras en un buscador y los primeros resultados os remitirán a las nuevas plataformas de alquiler de películas en streaming gestionadas por las grandes empresas de comunicación y tecnología, para el caso del vídeo, y a una noticia publicada por El País ¡en 1993! para el caso de la música. 

Y sin embargo, sucede. Ha costado encontrarlos pero en España se abren videoclubes. Sí, en el año 2015 de nuestra era. El próximo 1 de abril se inaugurará en Sabadell uno de estos negocios, que llega al mercado con un nombre inmejorable: La Ruina Films. Su dueño, Juan Antonio Contreras, ya trabajó en el sector con otras dos tiendas desde 1996. En 2008, el monstruo de la piratería le obligó a echar la verja definitivamente. No obstante, jamás perdió el interés por el mundillo en el que había sido feliz. Continuó informándose diariamente, leyendo revistas especializadas y viendo cine, la labor fundamental para el dueño de un local de estas características, garantiza.

Esperó agazapado y, hace unos meses, lo vio claro: había llegado el momento de volver. Esta y no otra era, a su juicio, la coyuntura perfecta para retomar el negocio del alquiler de películas. ¿Nadie le dijo que estaba loco? «En absoluto. Las nuevas leyes antipiratería y el cierre de algunas plataformas ilegales, junto a una mayor sensibilización del público contra las descargas piratas, hacían que volviera a tener sentido. En el 96 el vídeo había vivido una crisis con la llegada de las televisiones privadas. Entonces sí, entonces nos decían que cómo se nos ocurría, y lo cierto es que, al contrario, vivimos un boom. Hasta ahora nadie nos ha llamado locos con esta nueva iniciativa».

La Ruina Films nacerá con la vocación de ser una videoteca en la que cualquier amante del cine pueda encontrar lo que desee, un catálogo amplio, fondo, cine independiente, novedades... «Si logran seguir atacando a la piratería estamos seguros de que habrá gente y espacio para todos». No venderán pan, lo tienen claro. Aconsejarán al cliente, comentarán con él las películas, estarán a su lado. Y eso, pronostica Contreras, «jamás te lo proporcionará internet». Su lema no puede ser más claro: 'Tot en cinema'.

Nakasha

Hubo un tiempo en el que algunas capitales de provincias gozaban de más de media docena de tiendas de musicales. Hoy, la mayoría mantiene una o dos. Hace no demasiado, Madrid era una ciudad que presumía de fantásticos itinerarios sonoros, zonas dedicadas por completo a este negocio. Con los problemas mencionados, sus dueños fueron tirando la toalla y estos lugares desaparecieron uno a uno del paisaje urbano dejando un tras de sí un rastro de nostalgia. Mientras algunas, como los galos de Uderzo, se debatían entre el cierre o la conversión a negocios digitales, Nari Motwani inauguró hace menos de un año la tienda Nakasha, en la calle Andrés Mellado. Cuando nos atiende para este reportaje suena en su local 'Walking Up a One Way Street', de Willie Tee. «Es un recopilatorio esto que escuchas, cada single de este tipo puede costar unos 300 euros», comenta sin vacilar, sin mirar un papel, con la seguridad de quien lleva toda la vida en la música.

Empezó trabajando en ferias del disco en el sur y su camino natural le llevó a terminar abriendo una tienda física en Madrid. Sabía que, a pesar del riesgo de pagar un espacio en la capital, su clientela sabría valorar la posibilidad de tocar el producto. Vista la caída del cedé en los últimos años, en Nakasha despachan, sobre todo, vinilos, «pero nada de chabacanería, el disco tiene que estar en perfectas condiciones», exige.

Entre sus habituales también hay adolescentes, chavales que aprovechan que hoy el coleccionismo ofrece precios asequibles. A Motwani algunos amigos sí le insinuaron que estaba mal de la cabeza. Otros le llamaban valiente. Él simplemente quería seguir trabajando en lo que más le gusta y sabía que podía funcionar: «Se nota un crecimiento en el sector, las compañías están poniendo un poco de su parte. Pienso que los que nos mantengamos firmes podremos seguir funcionando, al menos hasta nuestra jubilación». El rock es su mejor aliado, es el género que goza de una clientela más fiel al soporte: «El que empieza comprando heavy metal ya nunca deja de hacerlo», celebra. Antes de que cambiemos de tienda, reflexiona: «Nuestro competidor es internet, no el resto de colegas. Los que quedamos tenemos que unirnos para sobrevivir».

Escridiscos


En plena zona de Callao, en el centro de Madrid, y con la FNAC de vecina, resiste la nueva Escridiscos. Si has vivido aquí unos años, sabrás que durante su larga primera etapa esta tienda era el templo para comprar las entradas de los conciertos fuera del circuito del mainstream. En 2014, cuando Alberto Real supo que sus antiguos dueños traspasaban este clásico de la venta de discos en la ciudad, decidió liarse la manta a la cabeza. Está a punto de cumplir un año al frente de la tienda y no ha habido un solo día en el que no haya disfrutado de su nuevo trabajo, a pesar de ser consciente del complejo momento económico que escogió para reabrirla, a pesar de la caída de ventas del 50% en los últimos años, a pesar de que fue un traspaso caro aunque, eso sí, con la garantía de un nombre consolidado. Melómano desde la infancia, no ha echado de menos su anterior empleo en un servicio técnico de una empresa de refrigeración, aunque ahora tenga que compartir cama con la incertidumbre.

En su opinión, los titulares que venían cantando el nuevo auge del vinilo no eran ciertos, pues este formato nunca llegó a marcharse. De ahí que Escridiscos se mantuviera milagrosamente en pie durante 37 años, sobre todo gracias al buen hacer de Pepe, su anterior dueño, que le brindó sabios consejos en los primeros meses. «Vendemos entradas, camisetas, algunos libros... pero la idea es vivir del disco. Como Pepe, yo también sé que hay dueños de tiendas que despachan vinilos y cedés como podrían vender frutas. En diferenciarnos de ellos, en nuestro conocimiento musical, es donde está nuestra supervivencia». En su entorno no pudieron sino entenderle: ¿cómo no iba a abrir una tienda de discos alguien que ha dedicado toda su vida a este soporte? Por eso su balance es positivo, no se comprará un chalé en la playa pero la satisfacción de trabajar con una materia tan noble como las canciones no está pagada.


Globojet, historia de una reconversión


No todas las historias son tan felices y es conveniente cerrar este artículo con otras realidades. Hablamos ahora con una auténtica enciclopedia del negocio musical, Jorge Prieto, de Globojet, que hasta septiembre de 2012 regentó en Costanilla de los Ángeles (Madrid) su añorada y preciosa tienda, hoy convertida en una web de venta de discos. «¡Lo bonita que era! Funcionaba con buena actitud del público, de los sellos pequeños... Había ganas de conocer música y disfrutarla. Era una tienda para los amigos, los conocieras o no. Todavía hay gente que me la recuerda cuando me ve por la calle, qué días...», evoca. Él fue el primero en instalarse en la zona y luego llegaron Del Sur, Babel, Bangladesh, Citadel... En la calle Tres Cruces, rememora, llegó a haber seis o siete. Actualmente, no queda ninguna. Prieto se rindió por una razón muy simple: «La incultura musical de este país, la obsesión por el todo gratis». Esto unido a los elevados alquileres en la capital, a la inexistencia de ayudas a la creación de negocios, al IVA... pero la clave, insiste, fue la falta de base para apreciar lo que es un disco.

La industria tampoco ha socorrido al comerciante, pues los precios finales son abusivos: «No se pueden pagar 22 euros por un cedé cuando la fabricación es de un euro. Claro, hay gastos de grabación y demás historias pero de una reedición, ¿Qué me cuentan? Ellos se enriquecieron con este absurdo y quemaron el negocio. Bajarte un disco pagando por él en EEUU sale por unos 5 dólares; en España, de 10 a 14. ¿Y quieren que la gente no delinca?». Aunque hay más factores, como el famoso canon o el escaso interés por programas musicales en las radios y televisiones, lo que al final queda es un país que no se interesa por la música como lo hacen en Inglaterra o Francia, concluye. Por eso reconvirtió su negocio en una tienda digital —«funciona, pero hay mucho que hacer», dice—, de la que el 80% de las ventas se produce en el extranjero. «Como la política, todo está corrompido», resuelve

Desde el sector de las películas, el presidente de la Asociación Aevideo, José Luis Carrera, llega a una conclusión similar: «Hay muy pocos casos de gente que se atreva a abrir un videoclub ante una situación tan desastrosa, tan diferente a lo que ocurre de los Pirineos para arriba, donde el pequeño comerciante goza de un modelo totalmente distinto». Carrera, que con esfuerzo y ofertas suculentas (como tarifas planas de 60 euros anuales) mantiene dos videoclubes en León, no puede sino afirmar que abrir uno hoy es «suicida». La caída del sector en España de 2009 a 2014 fue de un 89%. Este mismo dato, en Alemania, es de un 15. «Desde 2000, los sucesivos gobiernos no han hecho nada. No les interesan las regulaciones porque están a las órdenes de Google, Telefónica... de modo que la transición a negocios digitales es imposible, máxime en un país en el que puedes ver en internet las películas el mismo día de su estreno», protesta.

Frente a otros campos a los que se les acusó de estar a por uvas cuando internet se hizo carne, el del videoclub en España fue siempre un sector muy dinámico y a la última, de los primeros en Europa en incorporar el DVD, el cajero automático de películas, el Blu-ray... Esos mismos empresarios hoy ven imposible buscar nuevas alternativas: «El sector no tiene fuerza para contar las bondades que posee. Hoy, nada supera en calidad al Blu-ray, ni siquiera el cine y, desde luego, ningún operador de televisión o de internet legal, pero contra el todo gratis no se puede hacer nada», lamenta. ¿Hay futuro? «No, ni siquiera a medio plazo y menos con la voluntad política actual. Si esto se mantiene, de aquí a cinco años no quedará un solo videoclub en España. Quizás alguien abra nuevos locales con una determinación a prueba de bombas y ofreciendo algo novedoso al cliente, pero mi visión es pesimista. He estado en ministerios, en la Moncloa... y lo que he podido ver, la obsesión del poder político por no desagradar a la gran empresa, me ha desanimado. Lo que avanza el Ministerio de Cultura lo bloquea el de Industria. Es algo muy triste»

Lo es.

Clack, clack, clack.


Escrito por: Marta Caballero
Fuente: 20minutos.es